Llegué a la isla de Patmos el 5 de mayo de 1998. Durante varias semanas, estando solo en una casa, me esforzaba por valerme por mí mismo, intentando cocinar y ocuparme de las tareas domésticas. Procuraba comer lo menos posible y dedicaba mi tiempo a la oración y el ayuno. Encontré una pequeña capilla vecina, a la que nadie acudía, llamada capilla de San Nicolás; allí iba a derramar mi corazón ante Dios. En una colina junto a la casa descubrí una roca maravillosa. A menudo iba y me sentaba en ella para orar, meditar y leer la Biblia. En varias ocasiones visité la gruta de Juan, el lugar donde él recibió la gran revelación. Mientras meditaba durante un mes en aquel paraje solitario, me preguntaba: «¿Será que el Señor enviará algún día un décimo ángel?». Ya había visto ángeles en nueve ocasiones anteriores: en Inglaterra, en Belgrado (Yugoslavia), en Amán (Jordania) y en Jerusalén. Otro ángel, con su mensaje, había librado a una mujer de morir ahorcada en el Alto Egipto. Vi al último ánge...